lunes, 5 de agosto de 2013

Perdedores

Existen labios con huracanes
que desatan la más intensa rabia
por besarlos.
De amor se muere y se mata
y sucumben las fantasías,
que quedan
arrodilladas
frente a las puertas de la nada
intentando escarbar
para dibujar con la tierra
un todo que no arda.
Entre las cenizas
las piedras se convierten en lava,
y las heridas se abren en la piel
quedando desnudas
y sangrantes.
La miel se escapa
y las arrugas reinan
y la piel se pudre
y las bocas no están ya llenas
de voces que no ladren.
Se escupen los dientes,
y los colmillos,
sables que lucharon
para morder carne fresca,
se afilan y salen a la batalla
en un hálito de furia
que nace desde dentro,
subiendo desde las tripas,
azules y moradas.
Los colmillos embisten
y arrancan
el azúcar de esos labios lejanos
que burlan la trampa
y escapan.
Se echan a correr
en carrera desenfrenada,
tropezando con la lengua,
roja,
húmeda,
salada.
Y llueven miedos
y el granizo de cal
cae
sobre el rostro de los pobres
que mantienen la esperanza en el amor,
obviando la realidad
que es este veneno letal:
no es un remanso de pasión desenfrenada,
ni un bosque de hadas que danzan
eternamente,
sino una jaula de plata,
fría y balanceante,
que empuja al abismo
y destruye cada brote verde que nace
en las llanuras negras
coronadas por la desolación.

Un pájaro cruza la frontera
entre tú y yo,
que estamos el uno frente al otro
encorvados por la fuerza
que emana de nuestros cuerpos.
El cuervo chilla
y procedemos a arrancar
de cuajo
corazones que ya no sangran.
Levantamos las manos
con el triunfo en ellas.
Ya no tenemos corazón,
solo somos
ganadores en cuerpo
y perdedores en alma.

Un hueco reina en nuestro pecho,
que de retales ya está hecho.

Caemos de rodillas
implorando piedad
a un Dios al que hace tiempo
dejamos de rezar.

Los lagrimales no responden,
la garganta,
tampoco.

Este es el final que se teje
con los hilos negros de la destrucción.
El desamor ha conquistado
y nosotros,
como siempre,
hemos sido derrotados.

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